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domingo, 2 de setembro de 2012

DERECHO Y POLÍTICA EN MIGUEL REALE SEGÚN ALBERTO VÉLEZ RODRÍGUEZ (1941-2004)


Alberto, Adriana y la abuela Victoria (Medellín, Julio de 2001)

Mi hermano, Alberto Vélez Rodríguez se destacó no sólo como jurista y profesor de Derecho en varias Universidades colombianas, especialmente en la de Medellín. Alberto realizó también investigaciones en el terreno de la historia de las ideas políticas y jurídicas. Junto con él desarrollé, en Quirama, en los años 70 del siglo pasado, seminarios sobre la historia del pensamiento político colombiano. Este estudio sobre Miguel Reale (1910-2006), que ahora publico en homenaje a mi hermano, fué escrito para el curso de doctorado en filosofía del derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana, poco antes de su fallecimiento, en 2004.

EL DERECHO DESDE LO POLÍTICO EN MIGUEL REALE
Alberto Vélez Rodríguez (1941-2004)
Jurista. Fué rector de la Universidad de Medellín.
INTRODUCCIÓN
La situación actual de Colombia amerita la reflexión sobre planteamientos jurídico-políticos, que no desborden el marco de lo ético y de lo realizable. En efecto, estamos saturados de ideales utópicos; de múltiples y vergonzosas promesas incumplidas; de la sucesión casi inmemorial de gobiernos ilegítimos y de gobernantes incapaces y corruptos; de soluciones legislativas generales, abstractas y apátridas; de la ausencia de participación en las decisiones que afectan nuestros intereses; de individualismo; de racionalidad; de utilitarismo... En síntesis, son en absoluto extraños para nosotros el Estado-Nación, el humanismo político, el Derecho eficaz y la Justicia social.
Por ello he escogido la obra jurídica y política de Miguel Reale, ya que en mi sentir, las circunstancias en las que se gestaron los textos del jurista y filósofo brasileño, no son significativamente distintas de las que han caracterizado nuestro decurso histórico. Además, la gran agitación política despertada por el Integralismo, en el que tuvo el profesor Reale una significativa participación, y las actividades llevadas a cabo por este movimiento y capitalizadas a la postre por Getulio Vargas, llevaron a la consolidación en ese país del Estado-Nación que no hemos sido nosotros capaces de construir. Creo que en este empeño no sobra ningún esfuerzo. La reflexión sobre los temas políticos, es el aporte que podemos dar quienes hemos pretendido servir desde la academia.
Personalmente considero que un Estado Integral de Derecho, y una política de servicio, son modelos de un deber ser realizable que nos permitirían autóctonamente concretar los valores que reiteradamente han venido demandando nuestras comunidades, modelos en cuya construcción exitosamente podrían extrapolarse, con las adecuaciones que sean menester a nuestra idiosincrasia, las tesis jurídico-políticas de Miguel Reale. Además, en los círculos jurídicos es hoy muy conocida y de buen recibo, la Teoría Tridimensional del Derecho estructurada por el profesor brasileño, teoría que asumiremos aquí en el sentido que tiene desde la política.
El título de este escrito: El derecho desde lo político en Miguel Reale obedece a la única visión posible de la realidad de lo jurídico, ya que las posturas ideales, productos de la pura razón especulativa, escinden el Derecho de la Política. El orden real de la convivencia, demanda así mismo, una teoría real de lo político para la que el Derecho es ineludible en el estado actual de la civilización que nos individualiza. De este modo, la organización para el bien común de una sociedad concreta, requiere que sean utilizados como medios imprescindibles el Derecho y la Política, en su acción recíproca que les otorga idoneidad y los sustrae de la pura entelequia. Precisamente de esa forzosa reciprocidad como es vista por Reale, da cuenta este trabajo, en el que trataré de concretar los problemas básicos que envuelven el tema de Lo político en Miguel Reale.
Vida, obra y pensamiento de Miguel Reale
Miguel Reale, Jusfilósofo, padre del “Culturalismo Brasileño”, nacido en 1910 en São Bento do Sapucaí, Estado de São Paulo, dos años antes de culminar sus estudios de Derecho en 1934, frecuentó los grupos socialistas influidos de ideas nacionalistas y marxistas que irían a repercutir en el Movimiento Integralista Brasileño, del que hizo parte. En el 32 el ambiente era de franco desencanto [cf. Souza, 1994: 82]. Al respecto el propio Reale expresa:
“Cuando surgió la revolución paulista (1932), yo estaba en uno de esos momentos de desengaño, en perfecto estado de disponibilidad, con el cerebro como un cementerio de ideas que ya habían sido ideas—fuerza en el pasado, desde los admirables ideales del Liberalismo, hasta las agitadas pulsaciones del Marxismo.
“Me alisté como quien va para la lucha en procura de sí mismo, con la certeza de encontrar en el peligro el sentido nuevo de la vida. Al volver, comprendí que mi crisis espiritual había sido, como la de muchos de mi generación, la crisis de quien se cierra en sí mismo, devorando sus propias ideas en el silencio egoísta de los gabinetes, sin comprender que la idea es tanto más nuestra cuanto más la expandamos por el mundo” [Reale, 1983: II, 7].
Ya desde aquí se avizora el realismo que impregnará toda su obra; un neorrealismo expresado como criticismo ontognoseológico, de acuerdo con el cual, hay también un a priori material, óntico, y no sólo gnoseológico, pues el espíritu capta la realidad determinada porque no es productor de objetos a partir de la nada [Reale, 1978: 109; 1977, passim]. El a priori material u óntico integra la que he llamado estructura preperceptiva de la conciencia, que le otorga al cogito una dimensión perspectivista y determina la subjetividad, no la de la conciencia del individuo aislado, sino la de la conciencia equipada con los ingredientes mundanos. Ese a priori material explica la inexistencia del cero absoluto en el decurso del proceso perceptivo, y es por ello que considero que la conciencia del hombre tiene también dicho carácter preperceptivo y es intencional como potencialidad no vacía, sino referida a la vivencia actual que es remitida a potencialidades de la conciencia inherentes a la misma vivencia; a un horizonte con un contenido coasumido, no percibido, pero anticipado en la percepción, marco de posibles realizaciones de la libertad [Husserl, 1942: 80]. Por ello el problema de la identidad política está relacionado de manera esencial con la perspectividad de la conciencia, es decir, está condicionado por ese a priori material del que profusamente se ocupa nuestro autor brasileño. El análisis del sentido objetivo, es decir de la explicitud de lo presunto por la conciencia, como expresa Husserl, 
"va guiado por el fundamental descubrimiento de que todo cogito, en cuanto conciencia, es en el más amplio sentido asunción de lo asumido por él, pero que esto, lo presunto, es en todo momento más (está presunto con un plus) de lo que en el momento está delante como "explícitamente" asumido" [Husserl, 1942: 84].
La conciencia intencional se dirige no solamente a los ingredientes mundanos, sino que es autoconsciencia, como conciencia interna del tiempo, totalidad universal ordenadora de todas las vivencias posibles [cf. Husserl, 1942: 78], pero no pasiva referencia intencional del ego a sí mismo, sino activa, creadoramente activa, dirigida a una infinidad de cosas, al mundo, que por no estar en reposo evoluciona y la afecta. La conciencia es, pues, eminentemente activa y, a fortiori, lo es el conocimiento en todos sus niveles. La conciencia, por ello, es dialéctica y por eso ambigua. Hago esta referencia a la fenomenología, porque ella tiene gran influencia en el pensamiento de Miguel Reale, ya que, como él expresamente lo admite, sus exponentes fijaron las bases de una doctrina que se encuadra en el realismo crítico, y que redunda en un realismo ontognoseológico, porque representa una revalorización del objeto, pero teniendo en cuenta que aquello que es propio del sujeto, no proviene, ni se origina, ni resulta del objeto [Cf. Reale, 1978: 125]. Además, en esa doctrina, se reconoce la función creadora del sujeto, pero no absoluta en la constitución o producción del objeto, como sustentan, por ejemplo, los neokantianos de la Escuela de Marburgo, para quienes el método es constitutivo del objeto. Sobre este aspecto, y para la comprensión posterior de la estructura o consistencia de la realidad jurídico-política, nuestro autor hace las siguientes consideraciones [Reale, 1978: 126-127]:
a)      Sujeto cognoscente y “algo real” son elementos esenciales para cualquier conocimiento del mundo, de la naturaleza y de la cultura, esto es, de cuanto no sea conocimiento de meros objetos ideales, como los de la Matemática y de la Lógica.
b)      Consideramos algo (aliquid) todo lo que sea susceptible de convertirse en objeto. Si en el plano de los objetos ideales hay identidad entre “algo” y “objeto”, que se distinguen apenas como posiciones del pensamiento mismo, ya los objetos naturales o culturales suscitan el problema de la adecuación entre el uno y el otro, entre lo que es objeto (contenido del pensamiento) y algo de extrínseco al pensamiento, a lo que el pensamiento se dirige, en una intencionalidad que es trazo esencial de la consciencia, de acuerdo con la renovada enseñanza de Husserl Situándose delante de algo, el sujeto pone lógicamente el objeto, pero sólo lo pone en la medida en que convierte en estructuras lógicas las estructuras ónticas de algo. El sujeto es, así, una energía reveladora de determinaciones sólo lógicamente posibles por haber en “algo” virtualidades de determinación. De ahí diremos que el conocimiento es una construcción de naturaleza “ontognoseológica”.
c)      El sujeto aprehende algo como objeto, pero le resta siempre algo por conocer; más aun, es en el acto mismo de conocer, que algo se conserva heterogéneo, en relación con el sujeto mismo, por ser trascendente a él y no reducirse al ámbito del proceso cognoscitivo.
d)      El conocimiento depende, pues, de dos condiciones complementarias: un sujeto que se proyecta en el sentido de algo, orientándose a captarlo y tornarlo suyo; algo que ya debe poseer necesariamente cierta determinación, cierta estructura objetiva virtual, sin la cual sería lógicamente imposible la captación. El ser no es, en ese sentido, lo absolutamente indeterminado, porque antes es lo infinitamente determinable. El sujeto no recibe de algo, pasivamente, una impresión que en él se revele como objeto, ni algo se transfiere al plano del sujeto, reduciéndose a sus estructuras subjetivas. Bajo el estímulo de algo, y en la medida y en función de funciones subjetivas e histórico—sociales – pues el realismo ontognoseológico no olvida la inevitable condicionalidad social e histórica de todo conocimiento –, el sujeto, de cierta manera, “pone” el objeto, que puede no corresponder integralmente con algo, pero a algo, con certeza, siempre corresponde. Restringimos el concepto hartmanniano de transobjetivo a aquello que si no se conoce aun, puede, sin embargo, ser objeto de conocimiento. Consideramos, por otro lado, objeto trascendente o metafísico aquel al que sólo podemos referirnos, en último término, como presupuesto de la totalidad del proceso cognoscitivo, como condición primera para conocer: es objeto metafísico, porque trasciende los cuadros ontognoseológicos, es “algo” que se impone como punto al que tienden indefinidamente las perspectivas del conocer.
e)      En suma, el pensamiento tiene el poder de poner estructuras lógicas en función de estructuras ónticas, de manera que hay siempre necesidad de determinar el método adecuado o correspondiente a cada región o a cada campo de realidad.
f)        A la metodología abstracta sucede la metodología concreta, plural y funcional, suscitada por el principio fundamental de los presupuestos ontognoseológicos.
Culturalismo y neorrealismo crítico han marcado siempre su pensamiento y su acción en la política desde que adhirió al movimiento integralista en 1933, movimiento del que se separó después del golpe del 37 y del que resultaría la implantación del Estado Novo, por desacuerdos en la alianza con los liberales que llevaron al movimiento armado de 1938 [cf. Souza, 1994: 82]. Por esas improntas está signada también su obra y lo ha estado la cátedra que comenzó a regentar en 1940, cuando ganó el concurso para ingresar como docente de la asignatura Filosofía del Derecho a la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo. Desde entonces, la elaboración teórica lo absorbió íntegramente.
Conviene recordar aquí que Miguel Reale ha sido profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo y director de la Revista Brasileña de Filosofía, fundada en 1951, órgano del Instituto Brasileño de Filosofía, del que ha sido presidente desde 1949, fecha de su fundación. Doctor Honoris causa de la Universidad de Génova. Ha sido presidente de la Asociación Mundial de Filosofía Social y Jurídica y miembro del Consejo Federal de Cultura del Brasil. Es miembro de la Academia Brasileña de Letras y de la Academia Nacional de Derecho. Fue laureado con la medalla “Teixeira de Freitas” del Instituto de Abogados Brasileños. Se le otorgó el premio “Moinho Santista” en Ciencias Jurídicas. Es socio honorario de la Sociedad Italiana de Filosofía del Derecho, de la Sociedad Española de Filosofía Jurídica y Social y de la Sociedad Mexicana de Filosofía. Socio también de la Academia de Ciencias y del Instituto de Bolonia; lo es también de la Sociedad Argentina de Filosofía, del Instituto Argentino de Filosofía Jurídica y Social, de la Academia del Instituto de Coimbra y de la Sociedad Americana de Filosofía social y Política. Ha realizado trabajos de Filosofía, en general, y del Derecho, de Filosofía del Estado, de Historia de la Cultura e Historia General, de Política, de Sociología, de Economía, de Ciencia del Derecho, etc.
Alrededor de la importante figura de Miguel Reale y de su vasta obra, se reúne un grupo de pensadores culturalistas de las más variadas tendencias, desde el Historicismo Idealista Italiano hasta el Raciovitalismo Orteguiano, o la Fenomenología, o el Egologismo Existencial, o las diversas manifestaciones del Marxismo académico y militante, o las tendencias jusnaturalistas actualizadas por la Filosofía Contemporánea, etc.[cf. Machado Neto, 1969: 218]. Puede afirmarse que el Culturalismo orientado por el profesor Reale y que desarrolla el grupo del Instituto Brasileño de Filosofía que él preside, es el más actual movimiento que resume todas las tendencias teóricas sobre el Derecho en el Brasil hodierno. Ese pluralismo se traduce en el pensamiento complejo de Miguel Reale, complejidad que caracteriza su antropocosmovisión y, por su puesto, su concepción política.
Machado Neto, de filiación egológica, integrante del citado grupo, afirma que la obra del profesor Reale es la contribución realmente significativa de ese movimiento de las ideas. Considera al profesor Reale un hombre de pensamiento y de acción, jurista profesional de la más alta categoría, teórico del Derecho y también Político intermitentemente actuante y autor de más de una docena de obras sobre Teoría del Estado y Filosofía Jurídica. [cf. Machado Neto, 1969: 219].
Miguel Reale es considerado como uno de los representantes de la verdadera originalidad de la reflexión filosófica en el Brasil, la que al decir de Antonio Paim [1979: 142], con apoyo en las mismas palabras de Reale, requiere que aprendamos a convivir con la herencia que nos fue legada, correspondiéndonos reconstruirla en su integridad. Supone que sepamos descubrir la posición que ese legado ocupa en la textura cultural del presente, elevándola al plano consciente y retirándola de la condición subyacente a la que había sido relegada. Y, aun, que no lo hagamos cultivando aislamientos culturales, sino buscando participar del diálogo que entretiene a los pensadores de las viejas naciones, sin exhibicionismo para hacernos notar, sino con ciertos ángulos y facetas de una consciencia que, tomada en su totalidad, es universal.
Entre la vasta bibliografía de Miguel Reale, que se inicia con una serie de ensayos políticos de alguna manera vinculados al movimiento Integralista Brasileño puede destacarse Fundamentos del Derecho [cf. Reale, 1972], obra presentada para el concurso que le permitió ingresar como docente de la cátedra de Filosofía del Derecho, en la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo, publicada en 1940, la que contiene el desarrollo de las ideas que le permitieron llegar a nuestro autor a su Teoría Tridimensional del Derecho [Cf. Reale, 1968].
De la misma época de la citada tesis, es su libro Teoría do Direito e do Estado [cf. Reale, 1940], obra de profunda erudición juspolítica, en la que se afirman más explícitamente que en otras obras, los presupuestos culturalistas de su teoría del Estado [cf. Machado Neto, 1969: 220]. Es la primera obra en el Brasil, en la que se defiende una concepción del Estado de Derecho, a partir del pluralismo de las entidades sociales, con una crítica de todas las formas de estatismo jurídico. Sostiene el carácter ineluctable de la pluralidad de perspectivas filosóficas y la inexistencia de criterios uniformes que permitan escoger una perspectiva y refuta la construcción de una estructura totalizante y totalitaria [cf. Souza, 1994: 83].
La obra capital en la que de manera sistemática le da expresión definitiva a su filosofía jurídica, es la Filosofia do Direito [Cf. Reale, 1978], obra que contiene un perfil inconfundible de una de las filosofías más expresivas del mundo jurídico actual y de gran influencia, tanto en Europa como en Latinoamérica. Así, entre otros, han asumido el tridimensionalismo Luigi Bagolini en Italia y Recasens Siches en México [cf. Machado Neto, 1969: 220].
Acerca de ese texto, el mismo Miguel Reale dice que en él concreta el fruto de más de diez años de cátedra en la Universidad de São Paulo, que reafirma su propósito, como lo había desde joven escrito, de “teorizar la vida y de vivir la teoría en la unidad indisoluble del pensamiento y de la acción”, programa de vida que lo sigue acompañando, y al que obedece cuidando de determinar los fundamentos del Derecho en función de elementos lógicos, axiológicos y fácticos. Expresa que no comprende al Derecho como una abstracción lógica o ética por fuera de la experiencia social, pues es en ésta en la que debe hundir sus raíces para crecer firme y recibir el oxígeno tonificante de los ideales de justicia. Ese sentido concreto del Derecho se torna aun más vigoroso “en contacto con los problemas de gobierno, o en la vivencia apasionante de los embates políticos, cuando son sometidos a una crítica viva los preceptos de la legislación positiva” [Reale, 1978: XXIII]. Es incuestionable la concurrencia de complejas perspectivas desde las que el profesor Reale enfoca al Derecho y en las que, por consiguiente, se funda su concepción tridimensional.
Miguel Reale se apoya, para sus reflexiones sobre la ética, en la conducta humana, a través de la cual llega a su concepción jurídica, ya que el Derecho es una de las modalidades de la conducta ética. En efecto, como para él el valor de la acción es capítulo de la Ética y la Ética es una de las formas de la experiencia de Valores y, como a su vez la Etica es uno de los aspectos de la Axiología o teoría de los Valores y el valor fuente de todos los valores es el hombre, entonces, no puede haber filosofía que no se refiera al ser humano, en su totalidad como persona. Como la experiencia de Valores [cf. Reale, 1977] concierne a la conducta ética y ésta es tridimensional, entonces la Ética en general, y el Derecho, en particular, también tienen una estructura tridimensional.
Miguel Reale concreta sus tesis gnoseontológica, política y ética en su concepción del Derecho diciendo que desde los puntos de vista de la parte objecti y de la estimativa de la experiencia jurídica, “el derecho se determina como la realidad histórico-cultural tridimensional de naturaleza bilateral atributiva, o, si quisiéramos discriminar en el concepto la naturaleza de los tres elementos o factores examinados, se definiría el derecho como la realidad histórico-cultural ordenada de forma bilateral atributiva según valores de convivencia, lo que significa que la Jurisprudencia tiene por objeto hechos ordenados valorativamente en un proceso normativo de atributividad” [Reale, 1978: 695]. Ya desde aquí podemos darnos cuenta que el Culturalismo trasciende la concepción formalista de la Ciencia Jurídica, pues, considera que el objeto de ésta no se reduce a normas, puesto que consiste en hechos ordenados valorativamente en un proceso normativo de atributividad. Es decir, el objeto de la ciencia está constituido por la norma, el hecho y el valor. Son precursores de la concepción Tridimensional del Derecho del profesor Reale, Lask y Radbruch, seguidos por Wilhelm Sauer en Alemania. Hay exponentes del Tridimensionalismo en América y Europa: Jerome Hall, en Estados Unidos, Norberto Bobbio en Italia, Luis Recasens Siches y García Maynez en México, Luis Legaz y Lacambra en España, Cabral de Moncada en Portugal, Roubier, Villary y Lamand en Francia, etc. [cf. Machado Neto, 1969: 222-223].
En virtud de que su militancia política en el Integralismo constituyó la dimensión práctica fundamental para la estructura de su pensamiento político de juventud; y en vista de que el pensamiento de quien como Miguel Reale vive su realidad y trata de darle expresión, y, por lo tanto, para quien su teoría no es sólo el fruto contemplativo y apartado del mundo y del hombre, al examinar el sentido de la Política en su pensamiento, es preciso que veamos de manera muy general algunos aspectos de ese movimiento político
LO POLÍTICO EN MIGUEL REALE
El Integralismo [cf. Souza, 1994]
Se le da el nombre de integralismo al movimiento dirigido por la Acción Integralista Brasileña, formalmente constituida a partir del manifiesto de 7 de Octubre de 1932, el que, sin embargo, había sido escrito desde Mayo. Los grandes temas de ese Manifiesto de 1932, fueron los siguientes: 
- Concepción del Universo y del Hombre, de franca inspiración cristiana.
- Cómo entendemos la Nación Brasileña, donde se identifica esa noción con la organización de todo el pueblo en clases profesionales, a las que les incumbe formar la estructura política.
- El principio de autoridad, en el que se afirma que carecemos de jerarquía, confianza, paz y respeto.
- Nuestro Nacionalismo, de carácter, al mismo tiempo anticapitalista y anticomunista, línea de otro modo seguida por la Iglesia en su crítica a la Época Moderna. - Nuestros Partidos y el Gobierno, donde se procede a una crítica acerba de la experiencia política republicana. - Lo que pensamos de las conspiraciones y de la politiquería de grupos y de facciones, en donde se preconiza la disputa trabada en torno de las ideas.
- La Cuestión Social como la considera la Acción Integralista, de crítica cerrada al comunismo, en una línea de solución preconizada por la Iglesia.
- La Familia y la Nación, siendo la primera el sustentáculo de un Estado Fuerte, el único capaz de llevar a la Nación a sus destinos.
- El Municipio: centro de las familias; célula de la Nación.
- El estado Integralista, que prescindirá de los partidos políticos, con apoyo en las clases productivas (Sindicato y Corporaciones), en el municipio y en la familia.
- Lo que pensamos de las conspiraciones y de la politiquería de grupos y de facciones, en donde se preconiza la disputa trabada en torno de las ideas.
Ese movimiento no fue una escisión del Republicanismo tradicional, sino un movimiento liderado por intelectuales sin antecedentes políticos que logró tener una amplia repercusión en todo el Brasil.
A la Acción Integralista que fue eminentemente citadina y pluralista, la tildaron de fascista y de tal modo también quedaron signados sus miembros, por el simple hecho de haber participado en ese movimiento. El movimiento Integralista promovió manifestaciones sistemáticas de toda índole en todo el país y una parte de sus miembros, inspirados en las camisas negras de los fascistas italianos, adoptó como uniforme una camisa verde con la letra sigma del alfabeto griego en el brazo, la que simbolizaba la S como signo matemático, rindiendo así tributo al cientificismo y a la tradición positivista brasileña. Además adoptaron actitudes fascistas como fue el saludo que consistía en levantar el brazo y pronunciar la exclamación de salutación indígena “anauê”.
Pese a la pluralidad ideológica de sus miembros, el movimiento integralista asumió paulatinamente un carácter anticomunista, lo que era esperado transcurriera, dada la situación política vigente.
Mediante un ardid político Getulio Vargas capitalizó a su favor el movimiento. Esto es típico de lo que podría denominarse el “jogo de cintura”, que caracteriza las acciones políticas y que en el Brasil se estructura en la praxis desde la Portugal del Renacimiento donde encontramos el fundamento de la idiosincrasia del pueblo brasileño. Portugal, que por centurias dominó los mares, se formó en esa empresa con una mentalidad abierta a las contingencias e incertidumbres, las que se le presentaban de manera frecuente en las aventuras marítimas, y desarrolló la habilidad de responder satisfactoriamente a toda nueva circunstancia de conformidad con sus requerimientos. De otra parte, interiorizó la ley natural que observaba y cuyas enseñanzas le deparaba cada situación práctica, no para dejarla como ingrediente para futuras teorías, sino para reiterar o reafirmar lo que teóricamente conocía, o para modificar las leyes que a la luz de las observaciones se revelaban erróneas, o para mejorar sus enunciados o expandir sus alcances. De aquí se yergue una Razón altamente maleable, versátil y acomodaticia, pero a su vez apoyada y justificada en la misma naturaleza. Por consiguiente los principios racionales se nutren en la práctica cotidiana ; responden a las situaciones que demanda lo incierto; se acomodan o ajustan a cualquier circunstancia y se apoyan en la naturaleza. He aquí la razón de ser del “jogo de cintura” del portugués y del brasileño, pero también el fundamento de la creatividad que los caracteriza.
El movimiento Integralista duró sólo de 1932 a 1938 y sus principales vertientes fueron las siguientes:
Vertientes del Integralismo:
El Integralismo Brasileño se formó por la composición de tres vertientes doctrinarias:
  1. La que conforman las ideas de carácter literario y doctrinario expuestas por Plinio Salgado, acordes con la doctrina Social de la Iglesia Católica y heredadas del conservadurismo católico con el sentido que le imprimió Jackson de Figueredo.
B.     Una segunda corriente que complementa la primera, pero que se orienta más al desarrollo social, al que se vincula el problema de la libertad, iniciada con la reflexión jurídico—política de Miguel Reale. Miguel Reale asumió una posición de vanguardia entre los jóvenes de su generación y acometió la tarea de teorizar los principios de esta filosofía política ligada al proceso revolucionario que se revelaba. A su vez Reale procuró sistematizar lo que podríamos denominar socialización humanística: la posibilidad de componer un cuadro social perfectamente integrado, pero partiendo de la base. Se trataba básicamente de una aglutinación de los intereses, llevada a cabo por los sindicatos y por las respectivas corporaciones. Para Miguel Reale el socialismo es un valor que dentro de la nueva visión del integralismo, se vinculará a toda la problemática nacional. Corporación y Sindicato, son conceptos que serán trabajados a nivel de la sociología, de la economía, de la Ciencia Jurídica y finalmente de la reflexión de la Filosofía Política, que constituirán la base que le otorgará unidad a la integración planeada y a los respectivos ordenamientos. En la concepción de Reale, el integralismo era fruto de una meditación sobre los problemas brasileños, dentro de una situación circunstancial propia y no como expresión del mimetismo de fenómenos como el fascismo y mucho menos del nazismo. La respuesta autoritaria más coherente, venía siendo preparada por los representantes del positivismo Castillista, quienes tenían al frente a Getulio Vargas.
C.     La tercera corriente se encuentra en la obra de Gustavo Barroso, caracterizada por la influencia del Nacionalsocialismo. Esta vertiente del pensamiento integralista, que se inclina por una adhesión a las doctrinas desarrolladas por varios autores europeos afiliados al nacionalsocialismo alemán de la época, principalmente el antisemitismo, en Barroso no se sitúa en el mismo plano de aquellos pensadores, porque su antisemitismo no es de fondo racial o religioso sino económico. Barroso denuncia el capitalismo internacional, el sionismo y el comunismo, como factores de desorganización y dominación de las fuerzas vivas de la nacionalidad. Esas fuerzas serían el capitalismo nacional, o el cristianismo y la base moral de la cultura.
El integralismo no puede ser tomado, entonces, como una única doctrina. Consiste en un conjunto de ideas que no pueden ser consideradas en sí mismas, sino en su totalidad, como un punto de partida para intentar una solución a los problemas permanentes con los que el Liberalismo Republicano se debatía sin encontrar una expresión intelectual que le diese ánimo para proseguir. Debemos destacar, con todo, que no había, dentro de la tradición cultural del Brasil, cómo tener acceso a la crítica del liberalismo tradicional, en especial a las doctrinas del laissez faire y del liberalismo económico, a ejemplo del Keynesianismo, en la línea de la preservación de los institutos del sistema representativo, inexistentes en el panorama brasileño. Por ello le pareció a ese grupo de intelectuales, que la circunstancia internacional era propicia para exigir ideas vigorosas de reformación del liberalismo o para crear nuevos movimientos que buscasen el equilibrio ideal entre el Estado y la Sociedad.
A Miguel Reale le correspondió hacer una propuesta relacionada con la organización jurídico—política, relativa al ordenamiento del Estado Modernizador, propuesta ésta mucho más técnica que la de Plinio Salgado. Aspiraba a penetrar en el alma nacional mediante el método intuitivo; buscaba la cultura en sentido atropogeográfico, al hombre ligado a sus raíces históricas. Concibió como organización básica de la economía y de las profesiones, a las corporaciones de productores y al sindicato, con capacidad para congregar sus intereses en los respectivos sectores de su actividad y para llegar hasta las Cámaras Corporativas. De tal modo, la propuesta de Reale consideraba la posibilidad de una real participación de todos los sectores representados, y ordenados de abajo hacia arriba hasta las estructuras superiores.
¿Qué es la política?
De la interpretación de las obras políticas y jurídicas de Miguel Reale, puede inferirse que la política es tanto el arte como la técnica científica que permite consolidar, fortalecer y generalizar los intereses de un grupo caracterizado por diversos elementos cohesivos que le otorgan identidad, en un conglomerado más amplio que resulta dominado por aquel, mediante estrategias que utiliza para legitimar y justificar el ejercicio del poder.
Es arte, porque la legitimación y justificación del poder hace indispensable saber emplear el discurso metafórico para convencer a adversarios y partidarios mediante argumentaciones racionales, o al menos que pretendan serlo [cf. González García, 1998: 12], con lo que se destaca el papel importante que juegan las metáforas en la argumentación política, en ese arte de convencer a otros acerca de la bondad de los fines políticos [González García, 1998: 15].
El quehacer político, como actividad orientada hacia un fin, es eminentemente racional y como tal, es hoy, objeto de conocimiento filosófico y científico. Concretamente la política es objeto de las Ciencias del Espíritu, pues ella, como estructura teleológica, implica siempre un valor; como lo dice Miguel Reale, “fim é o dever ser do valor reconhecido racionalmente como motivo de agir” [Reale, 1978: 375]. En este aspecto, el profesor brasileño establece una inseparable relación entre Axiología y Teleología, destacando que toda Teleología presupone una teoría de los valores, luego en la relación de medio a fin no se tiene sólo un esquema ciego, mecánico o causal, porque todo fin no es sino un momento de valor comprendido por nuestra racionalidad limitada. Esa especificidad de deber ser de lo teleológico, obedece a mi juicio, a una marcada influencia tanto del kantismo como de la fenomenología.
No es posible, entonces, reducir la política a puro arte metafórico o retórico. La política, como ciencia superior, como ciencia que hace la síntesis de la síntesis, envuelve las ciencias, la filosofía, la historia, la moral, el derecho, la religión, el arte, etc., en una palabra, la cultura [cf. Reale, 1983: II, 38].
La política, como dice Walzer, es el arte de unificar para simbolizar la unión de los individuos en el todo; en el Estado que es invisible e impalpable y debe ser personificado antes de ser percibido [cf. González García, 1998: 20] en la concreción de lo múltiple como universal real que no es sólo “nomen”. Miguel Reale [1983: I, 14,57, 159] utiliza en diversas oportunidades la metáfora del cuerpo, cuando considera al Estado como una realidad histórica y no como el ideal de los Griegos. El Estado de la concepción aristotélica o platónica, dice el jurista brasileño, es bello pero inmóvil como una estatua de Fídias [cf. Reale, 1983: I, 114].
Al destacar Reale la ahistoricidad de la filosofía griega, y considerar, no sólo que la cultura no puede concebirse estáticamente ni como ya acabada, puesto que en la concepción cultural está siempre viva la dimensión histórica, sino también que la filosofía tampoco es puramente contemplativa y por consiguiente la filosofía política tiene que tener un arraigo en la realidad, una posibilidad de realización, una vocación hacia su concreción real, está criticando la concepción renacentista y liberal del estado como obra de arte que se crea y se destina sólo para la contemplación.
La inserción que hace Miguel Reale de lo Político en la historia, no da lugar a que se lo identifique con Hegel o con Marx. En efecto, no concibe la historia como lo absoluto, ni como negación de lo absoluto, ni como la afirmación de un único absoluto: la perpetua y fatal mutabilidad. Su concepción de la historia es integral, y en su sentir tiene los méritos de poseer un método totalitario que tiene en cuenta siempre la complejidad de las causas, la acción y los múltiples factores referidos unos a otros; de reconocer que no es posible escribir la historia juzgando los acontecimientos de un ciclo humano cualquiera sin atender los ideales que en él actúan; de no admitir la posibilidad de trazar leyes tan solo fijando el ritmo o las fases del progreso; de atribuir un mero valor explicativo a las leyes referentes a los ciclos o fases; de confesar que lo imprevisto es una constante en la historia; de decir que el deseo incoercible de lo absoluto explica el progreso ininterrumpido, el cual, sin embargo, no se procesa regular y mecánicamente; de verificar que en la historia hay cambios, hay imprevistos, hay revoluciones; de aceptar que a través de las mutaciones se descubre la permanencia de los valores absolutos del espíritu y del orden moral que no pueden ser reducidos al proceso histórico; de admitir la existencia de una pluralidad de civilizaciones como un método, a fin de darle realce a ciertas características históricas predominantes y fundamentales; de estudiar al mismo tiempo la acción de los individuos, de los grupos y de las sociedades como agentes de la historia; de reconocer en la envoltura de los acontecimientos el coeficiente representado por la libertad humana; de explicar los hechos según las leyes causales de las ciencias naturales y las leyes finalistas de la ética; de no descuidar el estudio de las condiciones objetivas del medio ambiente y de no procurar por fuera de la historia explicaciones que la propia historia pueda dar.
La funcionalidad, la experiencia, lo real, lo vivido, que en el sentir de Miguel Reale le otorgan sentido a las ideas, no pueden interpretarse en él como manifestaciones pragmáticas, sino como concreciones históricas, no respecto de algunos sujetos en un momento determinado, sino del hombre en su integridad, ya que la historia es el hombre mismo, el hombre entero; considerado en su totalidad, en su integridad, como el finito angustiado por el infinito, como lo imperfecto que procura erguirse hacia la perfección, como lo uno y lo múltiple, en el que se integran el ser y el deber ser.
No hay una verdadera política ultramontana a la luz de la formación y desarrollo de la cultura occidental. En efecto, en Actualidade de um mundo antigo [cf. Reale, 1936] nuestro autor nos presenta la formación de la Ciudad—Estado griega, como hecho moral y jurídico de unidad política, desde una perspectiva múltiple: analiza su desarrollo social, económico, político, moral, etc., y destaca la importancia que tiene la ciudad, no sólo como el lugar geométrico de la historia pagana o la suprema realidad para los griegos, sino como centro de producción y desarrollo civilizador y el crisol en el que se preparan las grandes conquistas del hombre occidental. Para Oriente la ciudad no pasó de ser un hecho material de aglomeración de hombres. Es pues para Miguel Reale la política asunto citadino, y en mayor grado, el Estado—Nación es el centro donde se fragua la conciencia del deber común, que considera el cimiento del desarrollo político. A diferencia, dice el mismo autor, de Grecia, Roma y Fenicia, sociedades voluntaristas e intelectualistas, donde se involucró el Derecho y se procuró penetrar en la justicia, China se organizó en torno a la tradición y los hindúes, los persas, los semitas y los judíos, en torno al destino del hombre delante de Dios. Estas sociedades orientales son fundamentalmente vegetativas, pues no giran en torno a la invención humana, a la obra de arte de la ciudad.
Sin el referente citadino no es posible la identidad del hombre político ni del cuerpo político, porque como lo destaca nuestro autor, la ciudad surge como unidad moral, porque en ella se da un reconocimiento de los derechos de cada uno. En la ciudad se reconoció por primera vez el valor del hombre como célula social y se afirmó el ideal de perfección de las fuerzas colectivas en el individuo. Es allí donde el derecho surge diferenciado de la costumbre, donde se reconoce al hombre como sujeto de derechos públicos. Mejor dicho, donde nace el hombre político, que quiere decir hombre de la polis. Remata Miguel Reale afirmando que la polis es una expresión del Derecho, el símbolo de una civilización superior.
Miguel Reale considera la historia política griega como una historia de los estados urbanos. Es preciso recordar que el mundo helénico lo integraban ciudades que estaban distribuidas en las colinas y valles de Grecia y en las costas e islas vecinas, ciudades que conservaban las tradiciones legadas por su origen común y compartían las mismas instituciones religiosas y sociales, aunque vivían independientemente a través de un sistema de alianzas temporales logradas por el esfuerzo de una determinada ciudad que pretendía alcanzar la supremacía sobre las limítrofes. Dichas alianzas eran rotas, para dar paso a la vida independiente de la respectiva Colonia. De esta suerte, “la póVil o Ciudad Estado, constituye el fundamento del pensamiento Político en Grecia” [Gettel, 1959: 80].
La vida política de los helenos la considera Reale inconstante, llena de intrigas, complicaciones y mezquindades, ya que en una política de “municipios” se ponen en primer plano los intereses, y más que las ideas, las vanidades y las rivalidades por futilidades entre los grandes hombres de pequeñas ciudades. Por esto, Miguel Reale se formula unos interrogantes acerca de la vida política en Grecia, en los que va envuelta su concepción realista de la política, según la cual, en lo político concurren elementos racionales e irracionales; la política es arte, es técnica, pero al mismo tiempo es ciencia y filosofía; tiene rasgos de universalidad, pero no se concibe sino en el devenir de la historia; las decisiones políticas tienen que ser autónomas, pero deben estar legitimadas y justificadas; tiene sentido en el Estado—Nación, pero su vehículo efectivo es la fuerza; es independiente de la forma de gobierno, pero sólo desde un socialismo tecnocrático, con un gobierno autoritario y fuerte, tiene sentido el desarrollo del corporativismo democrático que le abrirá el camino que requiere la extensión cada vez mayor de la verdadera democracia; es un organismo, al que le da sentido la vida del hombre, como ser complejo y valor fuente de todos los valores, como el soporte de la cultura que le da vida y forma a ese organismo. Por ello, considera que la historia griega se extiende y alarga ante nuestros ojos, cuando es precisamente el problema del hombre el que nos impele a buscar en ella datos y enseñanzas concretos y, entonces, nos salimos de los límites de la historia y nos liberamos de las contingencias del tiempo y del espacio y así todo se engalana de una luz de eternidad:
“El hecho histórico más insignificante se universaliza, cuando en él entrevemos al Hombre; y deja de ser tiempo para ser eternidad cuando lo consideramos a la luz de la Providencia divina. Hay tal vez una teología de la historia, como hay también un humanismo histórico, pero es éste el que nos debe orientar en el estudio de la cultura griega, la más individualista, contradictoria y humanista de las culturas antiguas” [Reale, 1983: I, 42].
La Política es ciencia, pero no una ciencia cualquiera: es la ciencia cultural por excelencia, es la ciencia de las ciencias, es una ciencia cultural superior; es ciencia normativa. No como en la Edad Media, en la que la política propiamente dicha estaba en segundo plano, como arte y no como ciencia autónoma. En otros términos, para ellos el Estado es el medio mediante el cual el individuo puede alcanzar su meta espiritual. El estado es también considerado medio por el liberalismo, para realizar el goce de la libertad, fin supremo del hombre, por el socialismo para alcanzar la justicia económica y por el tomismo y el agustinianismo, para alcanzar la perfección del espíritu [cf. Reale, 1983: I, 153].
La política como ciencia cultural [cf. Reale, 1995: 16] abandona la fase del naturalismo caracterizada por el calco sobre las ciencias naturales y el causalismo, o sea, la explicación exclusivamente causal (no finalista) de los hechos, para dar paso a la política humanista, a la que tiende la concepción de Miguel Reale y la que se caracteriza por ser ciencia del espíritu y finalista. Al respecto expresa nuestro autor:
He aquí que los movimientos integralistas dejan el peso muerto de la premisa burguesa (el naturalismo), marcando el ritmo espiritualista de los nuevos tiempos por la reafirmación del principio de finalidad como complemento del de causalidad” [Reale, 1983: I, 198].
El Humanismo de Miguel Reale, es un humanismo realista, y desde él nos ofrece el autor brasileño su concepción política de acuerdo con la cual,
“las doctrinas políticas no son respuestas definitivas, pero sí índices que nos indican los medios para transformar la realidad para adaptarla al hombre, según el deseo permanente de la Justicia y del Bien. Es en esta capacidad de descender a los hechos particulares sin perder la visión del todo, en la que consiste el sentido del humanismo integral: no es pragmatismo, porque no se contenta con los hechos particulares útiles, ni hace del hombre el centro del Universo; no es naturalista porque no considera al hombre como simple parte de la naturaleza; ni es idealista porque no admite idea que no sea síntesis de realidades objetivas y subjetivas, esto es, idea sin imagen. Es ese humanismo realista el que anima el organismo de la política moderna, inspirada en una nueva concepción cristiana del Universo y del Hombre” [Reale, 1983: I, 34].
Para comprender perfectamente este realismo político, sin confundirlo con las formas empíricas, es necesario tener siempre presente la distinción que hace Miguel Reale entre el mundo del ser y el mundo del deber ser. Su realismo, no considera antagónicos esos dos mundos. Parte de la distinción kantiana entre ser y deber ser y centra el deber ser en el fin, con lo que hace del fin y del valor una especialidad de la causalidad, dando la impresión de que, como todo proceso finalista es en el fondo un proceso causal, ya que destaca los medios necesarios para alcanzar el fin, la acción no fuera más que la inversión de la causalidad, cuando es más que eso, porque la acción tiene un sentido netamente humano, constituido por el valor y la libertad. Sin embargo Miguel Reale considera superar ese aspecto puramente ciego y mecánico al integrar en ella los mundos del ser y del deber ser. Al respecto recuerda, con apoyo en la distinción que hacen Stammler y Farias Brito entre el mundo del ser y del deber ser, que cuando estudiamos un fenómeno, podemos considerarlo bajo dos puntos de vista: podemos apreciarlo en cuanto a los fenómenos pasados que lo determinan (y entonces la ley de la causalidad indica una relación de antecedente a consecuente), o considerarlo en cuanto al futuro, apareciendo, en este caso, como medio para la realización de un fin (y entonces la ley de causalidad extrae una relación de naturaleza teleológica). No son dos mundos antagónicos, sino al contrario, dos mundos que se complementan (el de la Naturaleza y el de la Libertad), pues escogemos libremente los fines, aplicando los medios de acuerdo con los conocimientos alcanzados en el mundo del ser. En la conducta humana se integran los mundos del ser y del deber ser; la técnica y la ética; lo causal y lo normativo, puesto que como lo anota Miguel Reale, considerado cronológicamente el proceso del conocimiento, el mundo del ser antecede al mundo del deber ser, pero a la inversa se da la relación considerada desde el punto de vista absoluto de las cosas: el segundo es condición del primero. Cuando estudiamos los fenómenos para establecer las relaciones de causa eficiente, procuramos ser simples espectadores, esto es, constatar los hechos y reproducir exactamente las realidades. Sólo interferimos y creamos, en la medida en que se torna necesaria la creación para que percibamos e inventemos. Nunca se verifica, en verdad, la despersonalización total del observador, tanto en las matemáticas como en las ciencias naturales [cf. Reale, 1983: I, 35].
Para comprender cabalmente el alcance de la política como ciencia, es necesario no olvidar que hay una gran influencia de la fenomenología en el pensamiento de Miguel Reale al respecto. Por ello afirma que es indiscutible la interferencia del hombre, el residuo humano, en las leyes explicativas del mundo del ser. No es el sabio el que crea libremente el hecho científico, sino que está antes el hecho bruto que se impone al sabio, en el decir justo de Poincaré, el hombre transfiere en la medida en que aprehende [Reale, 1983: I, 36].
Complementando lo anterior, considera nuestro autor que en el momento especulativo de las ciencias es diminuta o secundaria la actuación de la Libertad. En ese momento, si hay interferencia de nuestra parte es porque somos incapaces de anular el coeficiente personal, sin alcanzar el ideal deseado que es el aniquilamiento del sujeto observador para hacer posible la reproducción exacta del objeto; el objetivismo de las realidades [cf. Reale, 1983: I, 37].. Sin embargo esta aspiración a la que se refiere Miguel Reale, es imposible si tenemos en cuenta que en todo acto de percepción va envuelta la situación preperceptiva o perspectivista del sujeto.
Afirma nuestro autor que en el dominio de las ciencias del ser, por ser el determinismo un presupuesto necesario, debemos hacer abstracción de todo y de cualquier concepto de finalidad, hasta completar la investigación. Pero agrega que bien diverso es lo que se verifica cuando consideramos los fenómenos desde el punto de vista del deber ser, esto es, de la voluntad humana, pues de nada valdrían los conocimientos obtenidos en la fase especulativa, si no fuesen aplicados a la realización de un fin, de acuerdo con las aspiraciones de la naturaleza humana, momento en el cual las leyes dejan de ser neutras al valor y surge el criterio ético. Considera, entonces, que el determinismo científico es un principio que la razón impone, como condición de sí misma en el acto de conocer [Cf. Reale, 1983: I, 38]. De esta suerte, la Ciencia Jurídica sería neutra al valor desde la perspectiva de lo fáctico, o sea en el momento de la percepción de la realidad. Pero surgiría el criterio ético, cuando la realidad se subsume con sentido jurídico y finalista por el Legislador en una norma, con lo que se confirma que los fines de los titulares del poder constituyen el horizonte de los deberes ético—sociales de los ciudadanos.
Como Miguel Reale no separa la Política de la Moral, y hace depender la primera de la segunda, dice que la Ciencia Política
“estudia la Sociedad y el Estado; procura, en la historia y en la experiencia presente, fijar las relaciones y las interdependencias de los fenómenos sociales, aplicando los conocimientos a fin de obtener para los hombres la mayor suma de bienestar y de autonomía económica y moral: el dominio del hombre sobre sí mismo” [Reale, 1983: I, 38].
En relación con dicho concepto, nos aclara Miguel Reale que la Ciencia Política refuerza los medios de acción; la moral nos guía en la escogencia de los fines y por ello, al conjunto de la ciencia política y de la moral la denomina “Política Integral”. Ésta es, entonces, la conjunción de la ciencia política y de la moral y en ella se da una relación entre los medios y los fines. Es decir, es también una técnica.
Nuestro autor no divide las ciencias en especulativas y normativas, sino que considera la investigación y la normalización dos momentos de un único proceso, dos partes integrantes de toda ciencia, luego para él la ciencia política es una ciencia especulativa y normativa. Especulativa en cuanto procura conocer los fenómenos haciendo abstracción de los fines; normativa cuando aplica los conocimientos obtenidos en la realización de un fin: en el primer caso, su objeto es el mundo del ser; en el segundo, es el mundo del deber ser. Ser y deber ser, dice Reale, son dos aspectos de una única realidad: realista es la política que no se restringe a la especulación o a la normalización, sino que las funde, a cada instante, delante de cada caso particular o general que ocurra. En la medida en que efectuamos un análisis, mentalmente reconstituimos el proceso sintético. La síntesis abre cada vez mayores posibilidades al análisis, y viceversa, en una continua integración y discriminación. Por ello distingue en la Política, dos momentos ideológicamente distintos: el de la investigación y el de la aplicación, a los que corresponden, lógicamente, dos procesos metodológicos distintos, uno que establece leyes indiferentes y otro que establece leyes éticas. Por lo tanto, concluye el tratadista brasileño, el estadista yerra cuando, al iniciar una reforma económica, no considera los hechos sociológico-morales que estuvieren relacionados con ella, como es el caso, entre otros, de Marx, Ratzel y Humboldt, quienes han hecho reduccionismos.
Por ello para Miguel Reale la ciencia superior, que no sólo conjuga el análisis y la síntesis, sino que procesa la síntesis de las síntesis y que subsume a la ciencia jurídica, es la Ciencia Política, cuyo índice dominante es la síntesis y cuyas leyes son sobre todo leyes éticas.
Así como Aristóteles definió la Política como la ciencia del Estado, que abarca todos los estudios sobre la organización de la sociedad, cuando aun no había ciencias particulares con objeto propio claramente determinado, dice Miguel Reale que hoy la Política vuelve a ser la ciencia del Estado y en ella se opera la integración de todas las ciencia sociales.
Como el conocimiento científico no se procesa entre afirmaciones y negaciones porque es la elaboración de pesquisas individuales que se corrigen y se complementan en un todo orgánico; como las contribuciones múltiples se funden, no por las personas sino porque representan una faceta de la verdad total cuyo conocimiento procuramos, y como hay en la ciencia política una base sociológica y económica, estudiada a través de la existencia de nuestros días y de las experiencias que la historia registra, base sociológica y económica que reposa sobre datos acertados, compartiendo las características de las demás ciencias, en ella no puede reinar, de modo alguno, la opinión de los individuos y de los partidos. En el campo de la ciencia no hay lugar para la opinión.[cf. Reale, 1983: II, 44]. Con fundamento en las consideraciones anteriores, Miguel Reale destaca tres conclusiones fundamentales:
1-     Que la Política no puede estar unida al nombre de Marx o de Spencer, de Tarde o de Desmolins o de cualquier revelador de aspectos de lo real. Las verdades que ellos descubrieron deben unirse a otras verdades, correspondiendo la síntesis de las ideas a la síntesis de los aspectos totales de la realidad.
2-     Que el pueblo aun no puede intervenir siempre en la apreciación de las soluciones políticas, a no ser como centro revelador del ideal común, pero nunca con los poderes de autogobierno; pero nada prueba que esa capacidad no aumente día a día.
3-     Que el gobierno debe corresponderle a los más capaces, seleccionados de la masa como expresión de sus valores más altos, para que el propio Estado realice las transformaciones sociales que la justicia exige y la observación de los hechos sociales aconseja.
Al comentar que Platón, por las características propias de la sociedad griega, entiende por justicia nada más y nada menos que un cierto trueque de servicios (hacer cada cual lo suyo), destaca Reale la gran importancia de esta división del trabajo por aptitudes, de tal suerte que considera que la ley debe hacerla el que tenga ciertos conocimientos técnicos para el efecto. No todos pueden ser llamados para representar a los ciudadanos como legisladores. Sólo los que posean los conocimientos para construir técnicamente la ley [cf. Reale, 1972: 250].
Es indudable la inspiración platónica de nuestro autor brasileño, pero éste, a diferencia del griego, no desecha la democracia, sino que la eleva a la abstracción, al sitio de los más altos ideales que son, por lo inalcanzables, utopías. La democracia no representa más que un ideal ético y ella es la metáfora básica para que las mayorías populares acepten el gobierno de las minorías que son tributarias del privilegio de la cultura. Sin ambages, de manera franca y coherentemente con su pensamiento, Miguel Reale justifica el gobierno de la culta minoría en los siguientes términos:
“Pienso que el gobierno debe estar en las manos de la minoría, solamente porque verifico la actual incapacidad del pueblo. Pero sólo por eso. He ahí por qué creo que incumbe a la clase dirigente no sólo gobernar para el pueblo, sino también crear condiciones reales para incrementar la participación del pueblo en el gobierno” [Reale, 1983: II, 45].
Expresa Miguel Reale que la armonía derivada de la reforma de Solón duró poco y los que más beneficios sacaron fueron los adinerados, pues cuando una constitución se limita a establecer el derecho de ser ocupados los cargos públicos indistintamente por todos los ciudadanos, el poder acaba siempre en las manos de los más ricos o de los más audaces. A través de este comentario, está expresando Miguel Reale una de sus razones contra la democracia participativa, contra la democracia liberal o igualitaria. Es enfático en afirmar que no deben tener acceso a los cargos todos los ciudadanos, sino los que sean capaces por sus conocimientos y su moralidad. Por ello para nuestro autor la democracia es benéfica, sólo en relación con el gobernante y no en sí misma considerada. Esto lo ilustra Reale como sigue:
“En cuanto es un Pericles quien se yergue en la tribuna y consigue unir en torno de su persona fascinante la multitud voluble e ignara, y le otorga al pueblo la participación en el gobierno dentro de los límites de la competencia, entonces la democracia es una institución benéfica, es equilibrio entre los mundos del ser y del deber ser y armonía entre la idealidad y la realidad. Pero cuando es un Cleon inculto y fanático el que se transforma en ídolo, entonces la democracia es lo peor, el más inicuo de los regímenes. Desgraciadamente, por cada Pericles aparecen decenas de Cleones, tanto en Grecia como fuera de ella, ayer y hoy y tal vez mañana. Y lo peor es que la turba prefiere mil veces el arrebato del apasionado que la palabra serena del sabio” [Reale, 1983: I, 73].
Toda decisión fundamental para el país, en el plano técnico, cultural o económico, considera Miguel Reale que debe salir solamente después del pronunciamiento de entidades profesionales o científicas, de ahí la conveniencia de que proliferen día a día más órganos consultivos de carácter sindical o asociativo. De esta manera muestra nuestro autor su preferencia por una tecnocracia ilustrada, la que no pugna con la democracia, ya que hay que quitar todo impedimento que permita visualizar las estructuras asociativas bajo el prisma político representativo. De este modo nos presenta el autor un sistema democrático representativo y corporativo que dista mucho de un sistema democrático popular participativo. El sistema propuesto lo considera nuestro autor de una mayor realidad participativa que la que ofrece la partidocracia. Dice Miguel Reale que la partidocracia, a la que se reduce hoy la experiencia democrática, con su ostensiva y normativamente disciplinada relación con las “categorías sociales”, capaces de infundirle más aliento y concreción, sólo en eso le ganaría al corporativismo democrático. Concluye afirmando que es preciso no olvidar que, la sociedad brasileña maduró en el decurso de los cincuenta y dos años transcurridos después de la revolución de 1930, teniendo ahora un sentido mucho más pragmático y positivo de la realidad, armado contra el formalismo solamente sincero en apariencia, con trucos y sutilezas que ya no engañan más a nadie. [Introducción a la Edición de 1983. In: Obras Políticas. Op. Cit. Pág. 15. cf. Reale, 1983: I, 15]
La línea socialista del pensamiento de Reale, destacada al criticar la democracia, muestra manifiestamente su antiliberalismo y, como veremos más adelante, destaca un dirigismo económico: un punto medio entre el liberalismo y el comunismo. Ni estado liberal ni comunista: un estado social demócrata. Indudablemente para Reale, el gobierno debe estar en manos de los que saben: técnicos, científicos, filósofos. La soberanía popular debe ser una soberanía dirigida, no abandonada a la pasión, incultura e ignorancia de la masa, ni apoyada en el egoísmo, el individualismo, la corrupción o ignorancia de la autoridad. En relación con las ideas sobre la democracia, de la que dice termina por comprometer seriamente la unidad nacional, concluye Reale con la siguiente admonición y crítica al liberalismo: “Como se ve, el “gobierno del pueblo por el propio pueblo” debe ser el ideal del político, pero ¡ay! del pueblo cuyos gobernantes intentaren hacer abstracción de la contingencia humana para reducir, bajo el influjo mágico de las leyes, el ideal a la realidad. ...“La democracia hace a los hombre felices cuando un estadista gobierna ‘por encima’ del pueblo: en el fondo, Pericles y Pisístrato con la seducción de la toga” [Reale, 1983: I, 74]
La situación de degeneración de la democracia en Grecia, la que “a pari” podemos extrapolar para Colombia hoy, la sintetiza Reale como sigue:
“Cuando la Democracia desembocó en sus formas extremas y se generalizó el sistema de sorteo para garantizarle a todos los ciudadanos iguales probabilidades de mando, haciendo abstracción de la competencia, ninguna fuerza moderadora consiguió ya detener los excesos de la asamblea. Los verdaderos guías del pueblo como Pericles, desaparecieron. Las más altas inteligencias se desentendieron de la causa pública, hasta el punto de ser prueba de probidad y de cultura el desconocimiento del camino del ágora. Los oradores dejaron de ser demagogos (conductores del pueblo) para dejarse conducir por las pasiones más violentas de la masa. He ahí por qué los más notables pensadores de la Hélade, como Sócrates, Platón y Aristóteles, no escondieron su repulsa a la democracia, unos con mayor y otros con menor violencia” [Reale, 1983: I, 76-77].
El ideal político realizable para Reale es la democracia integral, la que no es lo mismo que la democracia liberal, pues es preciso recordar con Mussolini que: “Democracia liberal es la forma de gobierno que da al pueblo la ilusión intermitente de ser soberano” [Reale, 1983: II, 149]. En efecto, para nuestro autor la democracia liberal no es más que una metáfora que encubre el capricho de los que episódicamente ejercen el poder en beneficio propio; como cosa privada, pues,
“negada la soberanía nacional por los sindicatos gigantescos de capitales, fragmentada la Nación entre los partidos estatizados, la causa democrática quedó sin adeptos, a pesar de los millones de individuos que viven invocando el nombre de la Democracia en arrobos ridículos de oratoria. Para la mayoría de los liberales, Democracia significa el derecho a decir libremente desafueros por la prensa, y la alegría de ser periódicamente soberana. No es entendida como contacto permanente entre dirigentes y dirigidos, como correlación cada vez mayor entre el sistema de los procesos sociales y el sistema de las normas jurídicas” [Reale, 1983: II, 150].
Miguel Reale critica la política clientelista liberal, para la que el voto no representa ningún interés directo; de esta suerte, el elector le da un interés indirecto, sirviéndose de él para granjear amistades y protecciones. Podemos afirmar que es ésta una característica del interés que ha mostrado en muchas oportunidades un gran número de los electores en Colombia, puesto que la política de participación también se redujo aquí a conquistar electores con promesas vanas de oportunidades y de puestos burocráticos.
Las ideas del Integralismo en el que tuvo activa participación Miguel Reale, como él mismo lo expresa, lejos de ser la negación de la Democracia, es el movimiento que procura lanzar las bases del único régimen democrático posible, esto es, de aquel que combina el criterio geográfico con el grupal, tomando este último en una extensión más alta, sin que parta sólo del individuo. La Democracia Integral tiene también en su base el grupo profesional, en su expresión de sindicato.
La democracia verdadera, sólo sigue siendo posible para Miguel Reale, al interior de las corporaciones, tanto de productores como de profesionales, las que deben tener la asistencia permanente de los técnicos, de los científicos, de los filósofos, etc., ya que en el círculo profesional es posible la vida democrática en el sentido de autodeterminación, más que en el círculo geográfico del municipio que es más amplio y más complejo.
En el pensamiento de Miguel Reale la política también es técnica, (mundo del ser) porque para ella la conducta se valora sólo desde la perspectiva de su relación eficaz con el fin (mundo del deber ser). Con un enfoque técnico la conducta será idónea o inidónea, eficaz o ineficaz para alcanzar el fin propuesto, pero no tiene connotación ética. De la conducta requerida para el logro del fin, no se afirma su bondad o su maldad, ni su justicia o su injusticia, ni su licitud o su ilicitud. Sólo será habilitada como deber cuando el grupo dominante opte por un determinado fin, ya que en ella se concreta el ámbito de lo posible conforme a sus aspiraciones. Los fines y las estrategias varían, de acuerdo con el régimen político; dependen de quiénes sean los titulares del poder y de quiénes lo ejerzan.
Al considerar la política desde la perspectiva de la realización de los medios que son necesarios para el logro del fin, muestra Reale su realismo político-jurídico, pues si el deber no tiene relación con lo que es, escapa del ámbito de la política y del derecho. La ética, como disciplina filosófica, por sí misma no tiene connotación política y jurídica, pero no quiere decir que la política y el derecho no tengan nada que ver con ella. Sólo quiere decir que las ideas, y entre ellas la idea del bien, tienen que estar en relación con lo real en los planos político y jurídico; más en el político, ya que éste es el que sitúa en la realidad al derecho. Éste no tiene sentido real sin consideración al poder. El deber ser de la política, sin embargo, no se alcanza desde el punto de vista sólo de las ideas, sino por la calidad de los hombres que tengan el poder. Por ello la democracia, como se dijo anteriormente, es buena, según los sujetos que ejerzan la autoridad.
No me cabe duda de que la concepción política de Miguel Reale, tiene gran inspiración en el realismo de Maquiavelo, en quien el ideal nacionalista adquiere un fundamento más sólido que en la Edad Media. Sin embargo, Miguel Reale considera que Maquiavelo no alcanza, como debería ser, a tener un sentido ético de la nación, por ausencia de condiciones objetivas para su desarrollo. Además dice Miguel Reale que Maquiavelo separa la política de la Moral, sin reconocer que hay, al lado de la ética individual, también una ética social con sus principios sacrosantos. Dice que Maquiavelo identifica Estado y Jefe y su política es una política estética en lo que se revela íntegramente renacentista. Pero lo admira profundamente, porque su actitud histórica le garantiza una gran superioridad sobre los contemporáneos y porque Maquiavelo revela toda la potencialidad de su genio, en la comprensión del valor de la consciencia nacional en el desarrollo de la política moderna, y porque el sentimiento cívico de la solidaridad nacional, y el punto de vista histórico le permiten percibir que es necesario un gobierno fuerte, por la fusión de la Fuerza y el Derecho, y que la finalidad nacional es totalmente del organismo político, con independencia de influencias externas y de particularismos internos. [Cf. Reale, 1983: II, 201, 202 y 203].
El Realismo político de inspiración maquiavélica, en Miguel Reale se complementa con la influencia de Jean Bodin, de quien expresa gran admiración cuando comenta sus teorías. Dice que la doctrina del Francés patentiza toda la actualidad que los siglos anteriores olvidaron. Más que de ningún otro estudioso de la ciencia política, Bodin llega a la posición del Estado Integral contemporáneo. Los principios fundamentales del Estado Ético, subordinado a la moral, están todos en su distinción clarísima entre la mutabilidad de las obligaciones jurídicas positivas y la permanencia del deber moral. Advierte que su concepto de derecho natural, tan diverso del de Grocio y Puffendorf, es el mismo que hoy vuelve a preocupar a los filósofos del derecho, pues entendemos por derecho natural la constante ética del sistema de derecho. De manera explícita concreta que hay otro punto aun que hace a Jean Bodin merecedor de su atención, y es que cuando aprecia la vida corporativa, es el primero que llama la atención a su pueblo por los procesos rutinarios de producción, criticando violentamente la transformación del régimen corporativo en régimen de casta corrompido por los privilegios y por el carácter hereditario de los cargos, sin ninguna consideración por el mérito de quienes los ocupan. Señala que Bodin no propone la destrucción de las corporaciones, sino su integración en el Estado, con mayor flexibilidad y facilidad de movimientos. Al contrario de los demagogos del 89, el gran pensador percibe que un Estado sin núcleos asociativos capaces de poner en contacto gobernantes y gobernados, es una abstracción que redunda en tiranía. Otra gran lección que nos viene del siglo XVI.
Comparando esas dos concepciones del Estado, dice Reale que en tanto que para Maquiavelo la soberanía del Estado se confunde con el poder del soberano, Bodin casi distingue una de otro. Para él el Estado tiene una razón autónoma y jurídica de ser, por encima de los individuos, siendo la soberanía “un poder ejercido sobre los ciudadanos y sobre los súbditos sin ser vinculado por las leyes.
Miguel Reale termina su comparación entre Maquiavelo y Bodin, diciendo que Maquiavelo asiste a la formación del Estado gracias a la acción de fuertes individualidades, y elabora la teoría del estado en constitución. Bodin, al contrario, traza la teoría del Estado constituido. Y complementa aclarando que son esas las dos etapas del proceso de constitución de todo Estado, y de todo régimen. El concepto de soberanía nace, pues, con el Estado moderno, y Bodin (a quien es preciso superar haciendo la distinción clara entre soberanía del Estado y el poder del Gobernante) es el primero que lo caracteriza poniéndole término al carácter medieval del Estado como trama de relaciones personales jerárquicamente distribuidas. La idea de soberanía es una de las más preciosas conquistas de la Cultura burguesa.
La guerra o la revolución no constituyen para Miguel Reale fines en sí mismas. Ellas se justifican, cuando la situación demanda un cambio de actitud para rehabilitar valores, frente a problemas incrustados por hábitos vetustos no susceptibles de reforma. Como lo admite para el golpe militar de 1964, que “redundó en una revolución y no en mera “reacción neocapitalista”, en sentido contrario de lo que proclaman algunos sociólogos que solamente consiguen avistar la revolución cuando se arman barricadas en las calles o en las tomas de ‘bastillas’”. De ahí que afirme que “la mentalidad capitalista o neocapitalista sólo se formó en la sociedad brasileña después del desarrollismo de Kubitschek y, sobre todo, a partir de la revolución de 1964, cuando nuestra gente optó por rehabilitar los valores del ahorro (palabra hasta entonces no sólo eufónicamente repudiada ...) para participar en programas racionales de carácter económico” [Reale, 1983: II, 16]. O como sucedió en Grecia donde la invasión de los Dorios fue la que
“hizo posible el paso al régimen aristocrático, porque al desestabilizarse la sociedad por el individualismo salvaje de esos pueblos primitivos, la autoridad del rey se tornó relativa al colocar en un mismo plano al rey de la ciudad y los reyes de las tribus, de las familias o de las aldeas. De este modo se abrió el camino de la revolución aristocrática”. [“Atualidades de um mundo antigo,” Reale, 1983: I, 50-51]
De otra parte, la revolución y la guerra también se justifican por una gran agitación de ideas, por lo que, como lo expresa nuestro autor, “una revolución puede dejar de derramar sangre, pero no puede dejar de derramar ideas”.
La revolución y la guerra, tienen un fondo moral y un sentido educativo, pues la dictadura revolucionaria que de ellas se deriva, “tiene la finalidad perspicua de volverse dispensable y superflua, dentro del más breve tiempo posible, mediante la creación de nuevos hábitos y de nueva consciencia social. Se puede decir que ella corresponde al esfuerzo inicial penoso que libremente nos imponemos con el fin de adquirir un hábito útil”. De esta suerte, Miguel Reale justifica la revolución y la dictadura revolucionaria, con el fin de solucionar un conflicto social, cuando para ello se requiera gran esfuerzo para crear hábitos y consciencia social útil a los propósitos político—revolucionarios. El esfuerzo revolucionario para establecer el hábito, ya no es indispensable cuando hay una automatización. Además el hábito tiene la ventaja de que puede ser virtud, lo que es coherente con la posición realista de nuestro autor, pues está reafirmando que no bastan las ideas; que ellas por sí mismas nada significan si no tienen una concreción histórica, en aquellos casos, mediante la revolución o la guerra.
Nuestro autor considera que todo régimen político debe crear hábitos de vida social, de lo que se infiere que tiene una concepción de la ética de conformidad con la cual, no basta ser, no basta tener “carácter”, es decir, para él la ética no es sólo la morada, lo que se tiene, sino lo que por constante práctica, por repetición, por uso reiterado se llega a poseer y que tiene sentido para su tiempo. Aparece en el trasfondo del pensamiento de Reale, esa dimensión ética de la política, puesto que justifica un régimen en tanto sea capaz de crear hábitos de vida social que puedan reemplazar a los desuetos. Las situaciones de facto, como la revolución o la guerra, por consiguiente, se justifican a la luz de la ética, en tanto tengan por finalidad la creación de hábitos [virtudes] sociales que hagan posible la armonía, la justicia. Sobre todo, aquellos hábitos que son indispensables para realizaciones de las que no son capaces las prescripciones conscientes jurídico-normativas. Estas realizaciones se refieren al cambio de un hábito por otro que esté a tono con las demandas actuales de la sociedad. Le corresponde a la dictadura que se deriva de la revolución, el papel de tornar posible la formación de dichos hábitos. Miguel Reale sólo justifica las dictaduras revolucionarias realistas “que son aquellas que armonizan el deber ser con el ser, o sea, los fines con las realidades objetivas”, en contraposición con las dictaduras revolucionarias utópicas “que, pretendiendo imponer un ideal absoluto a la realidad y queriendo proyectar cuadros mentales sobre el mundo objetivo, acaban identificándose con las reaccionarias, como acontece en la Rusia de Stalin”. Por ello Reale acepta con Goltz, que el lento y tardío desarrollo económico de las regiones de Esparta y de Boecia, se explica por la ausencia de tiranos como Pisístrato, dictador revolucionario bajo cuyo gobierno la economía ateniense afirma sus raíces, y las manifestaciones culturales adquieren verdadero sentido vernáculo, que le permitió a Atenas convertirse en centro cultural y artístico del mundo helénico. La dictadura revolucionaria no se enquista en el poder; ella tiene por finalidad destruirse haciendo el bien y tornarse dispensable y anacrónica en el menor tiempo posible. Por ello considera nuestro autor, que “los que siguieron a Pisístrato, perdieron el sentido moral y la dictadura adquirió una finalidad en sí misma, en beneficio propio para el que realizaban obras. Pretendieron conservar el brillo del poder, la pompa palaciega, para lo cual éstos tiranos reaccionarios, se vieron obligados a confiscar los bienes de los ricos, verificándose, no una socialización de la propiedad ni de los medios de producción, sino un socialismo de Estado, lo que trajo como consecuencia el empobrecimiento de las ciudades, al ser destruido el capital bajo forma privada sin ser inmediatamente reconstituido bajo forma colectiva, con consecuencias más graves aún que las producidas por el socialismo marxista” [Reale, 1983: II, 58 y 59].
Se puede afirmar que a la luz su concepción política, para Miguel Reale la decisión, el propósito o el acuerdo que haga el grupo dominante sobre un fin determinado, centra la responsabilidad ética de los gobernantes en dicho fin, con preterición de la significación ética de los medios, ya que éstos se tornan, para ellos en una necesidad condicionada, mientras que para los gobernados en el marco de lo imperativo. De este modo, la conducta medio señalada por los gobernantes, porque la consideran necesaria para alcanzar los fines propuestos por el grupo dominante, es la conducta ajustada a los deberes éticos para los miembros de la sociedad dentro de la cual dicho grupo ejerce el poder. De suerte que, desde la óptica de lo político, el horizonte de lo debido se torna en el marco ético de lo posible.
Es preciso, entonces, reflexionar acerca de la idea de fin en la política.
Recordemos que sobre este particular enfatiza Reale, que en las ciencias del hombre hay aspectos diversos para ser estudiados, tanto desde el punto de vista del ser como del deber ser, siendo posibles y necesarias en el primero las explicaciones causales y en el segundo las finales, relacionando de este modo la idea de fin con la de deber ser, idea que domina el ámbito de las consideraciones de Miguel Reale sobre el Derecho. Por ello considera Miguel Reale que era fragmentaria la visión sociológica de la experiencia humana. Recordemos que la sociología para Comte era física social. De este modo se estaría teniendo al hombre como un pedazo de la naturaleza o un pedazo de la sociedad, subordinado inexorablemente a las leyes de ésta y la historia pasaría a ser una ciencia natural. Pero el hombre no es ni un trozo de la naturaleza ni un puro producto social, y por ello, para la historia es necesario aplicar un proceso integral, pues ella es el estudio de los hechos fundamentales de la humanidad, de los actos desarrollados en el tiempo y en el espacio con el fin de realizar aquello que debe ser, para lo cual, el hombre se sirve de los conocimientos obtenidos del determinismo del mundo objetivo para realizar los fines que su subjetividad libremente establece. La historia es, entonces, una ciencia cultural, en la que lo subjetivo está condicionado por lo objetivo. En efecto, la idea es autónoma, pero no es absoluta. La inteligencia no crea el hecho, pero sí acrecienta la fuerza del hecho bruto extra espiritual. De resto, no hay sólo ideas en el hombre y no es sólo el hombre el que hace la historia. [Reale, 1983: II, 28].
Desde este punto de vista, hay que considerar dos aspectos de lo real: las leyes de la causa eficiente, y las leyes de la causa final, referentes respectivamente a los hechos, a las ideas y a la voluntad, al determinismo del mundo objetivo y a la libertad del espíritu: a la costumbre y a la ley; a la sociedad y al Estado. De esto se infiere, que a la sociedad, hay que estudiarla a la luz de las leyes del ser, mientras que al estado, de conformidad con las del deber ser o de la finalidad. Ambas leyes deben estar presentes en los estudios políticos, así como en la historia no puede hacerse abstracción de las circunstancias condicionantes de la actividad humana porque sería una relación de las finalidades de los actos o de las ideas en sí, de los actos creadores ab nihilo y se haría tabula rasa del pasado. Por ello en la historia hay lo que es y lo que debe ser y hay más aun, lo que irá a ser, o sea lo que debe ser que indefinidamente se va transformando en ser. Una generación poseyó lo que otras ardientemente desearon y las generaciones siguientes formularán otros ideales. Al frente del hombre brillará siempre, con cada vez mayor intensidad, el faro del ideal, del eterno ideal de lo bello, de lo bueno, de lo verdadero, y el hombre seguirá su destino, ininterrumpidamente hacia Dios. En suma, para Miguel Reale la historia es dinámica y está penetrada por el espíritu del observador y por el arte, es decir, por todas las manifestaciones de la cultura, por ello, complementa nuestro autor diciendo que “toda explicación de este género reposa sobre principios filosóficos. A la Filosofía le cabe descubrir el sentido espiritual de una época, estudiar la atmósfera espiritual en que vivieron los hombres de un determinado período. Le corresponde, más aun, ver lo que permanece o lo que muda de Civilización a Civilización, fijando la constancia de los valores esenciales en la mutación de los valores transitorios, aclarando, en fin, qué ideales pasaron a ser hechos y que nuevos ideales surgieron para impulsar la humanidad. Y dentro de cada civilización, el problema del destino humano abre el abanico de los múltiples y angustiosos interrogantes” [Reale, 1983: II, 30].
En las consideraciones precedentes está envuelta la complejidad del pensamiento que demanda una interdisciplinariedad, tanto en la historia como en la Política que es una ciencia cultural superior. De ahí que, “por encima del positivismo estrecho de los historiadores objetivistas, por encima de la filosofía que se consideró disminuida en contacto con lo real, por encima del sociologismo que absorbe la historia, por encima de los que separan radicalmente el mundo del ser del mundo del deber ser, por encima de los que parten la historia en compartimentos estanques, por encima de los que reducen el hombre a las cosas, hagamos historia de los hombres con la íntegra complejidad de sus múltiples factores, con reproducción de idas y sentimientos, tendencias y voluntades, considerando la actuación conjugada de todos los motivos, religiosos, éticos, estéticos, económicos, etc. No sacrifiquemos la complejidad del espíritu humano por el pequeño deseo de transformar la historia en cuadros simétricos, cuantificando y delimitando el progreso, como lo hacen Augusto Comte y Weber”. He aquí esa estructura histórico-teleológica que abarca la política. En la medida en la que hemos venido hilando la concepción de ésta, también hemos podido observar que el Culturalismo de Miguel Reale constituye una nueva síntesis del pensamiento, Culturalismo que le otorga significación a la complejidad, y en el que encontramos una superación del pensamiento hegeliano, sin desmedro de las manifestaciones del espíritu.
Expresamente nuestro autor afirma que rehuye tanto de la historia ascendente del idealismo de Hegel y de Croce, como del irracionalismo de los historiadores relativistas y revolucionarios. No se puede desconocer que en Miguel Reale hay una gran influencia de Hegel y de Kant, hasta el punto de que en materia ética podría interpretarse su pensamiento a la luz del imperativo categórico kantiano con ribetes hegelianos así: obra de tal modo que la máxima de tu obrar esté a la altura del espíritu de tu tiempo. Sin embargo, como él mismo lo admite, se aparta del ininterrumpido hilo ascendente hegeliano de la historia. En verdad, Miguel Reale considera que hay aspectos cíclicos e ingredientes inciertos en la historia, pero no rupturas sino una constante: la identidad de la naturaleza del hombre; del valor fuente de todos los valores en el que se funda la cultura. Por ello, como anteriormente se había dicho, para el autor brasileño la historia es el hombre mismo y está sometida, por lo tanto, a las contingencias de éste.
Ahora bien, pone de presente nuestro autor que “somos sintéticos cuando nos proponemos el problema final del juzgamiento y trazamos la solución de un problema; pero no tenemos la ingenuidad de evitar el análisis cuando es necesario penetrar al fondo de una cuestión. En ese flujo y reflujo del análisis y de la síntesis, está el secreto de los movimientos humanos y la ley permanente de la vida.” Así nos presenta Miguel Reale el método para lo complejo; para lo real; para la experiencia humana; para el ser íntegro y complejo del hombre, puesto que nada puede verse aislado de los elementos que hacen parte del todo, ni del todo mismo, ni por fuera de su propia dinámica. Por ello, es indispensable la proporcionalidad y la funcionalidad de la perspectiva metódica que nos brinda el tratadista brasileño.
La indefectible relación entre el todo y las partes; entre lo teórico y lo práctico; entre lo particular y lo universal, lo expresa claramente Miguel Reale en los siguientes términos:
“Quien se apasiona por los matices y por las minucias, circunscribiendo en ese círculo todo el ideal humano, no saborea el pan de la vida: puede, cuando mucho, hartarse de migajas de lo real, calmar el hambre de conocimiento y de actividad con el cúmulo de material de las observaciones particulares. Por otro lado, quien posee la pretensión de abarcar la realidad de un solo golpe, sin dividirla para comprenderla y sin analizarla comparando, puede –y esto sólo cuando brilla la centella de la intuición– ver las cosas en totalidad, pero siempre de manera fugaz e imprecisa, como quien percibe en la rápida claridad del relámpago, las líneas generales del paisaje” [Reale, 1983: II, 34].
Volviendo al problema del fin político, comenta nuestro autor que no hay una política platónica propiamente dicha, pues es de la naturaleza política y del derecho considerar el deber ser en relación directa con el ser. Ya que el deber en sí no es problema político, ni jurídico, pero sí problema ético. De esta forma, como ya se había expresado, también concreta Reale su realismo político—jurídico: si el deber no tiene relación con lo que es, escapa del ámbito de la política y del derecho, puesto que la ética, como disciplina filosófica, por sí misma no tiene connotación política y jurídica, lo que no quiere decir que la política y el derecho no tengan nada que ver con ella. sólo quiere decir que las ideas, y entre ellas la idea del bien, tienen que estar en relación con lo real en los planos político y jurídico; más en el político, ya que éste es el que sitúa en la realidad al derecho, el que no tiene sentido real sin consideración al poder. El deber ser de la política, sin embargo, no se alcanza desde el punto de vista sólo de las ideas, sino por la calidad de los hombres que tengan el poder. Por ello la democracia es buena, según los sujetos que ejerzan la autoridad. Sobre el sentido ético de la política y el derecho aclara:
“Platón concibe al Estado como deber ser, confundiendo la política y el derecho con la ética. De esta suerte, en el fondo destruye el derecho y la política, pues éstos, existiendo en la realidad de nuestra imperfección, no pueden nunca presentarse como conceptos definitivos, pero sí como conceptos en vía de formación, tendientes a lo universal, lo que nunca llegan a alcanzar. La ética domina el derecho y la política; pero domina como fin: de ahí la contradicción intrínseca que hay en los sistemas jurídicos y políticos cuando determinan su dinámica, la dinámica de un concepto imperfecto que incesantemente procura tornarse perfecto” [Reale, 1983: II, 34].
Dice nuestro autor que Aristóteles tiene los ojos puestos en la tierra, mientras que Platón de manera inmóvil los pone en el cielo, ya que el Estagirita habla del bien supremo, como un bien perfectamente realizable por el hombre en su actividad terrena. De esta suerte, poner los pies en la tierra es concebir realizable la idea. Por ello, para Reale el derecho no es norma pura, sino hechos y valores con sentido normativo, con sentido positivo, es decir, garantizado por el poder del estado, porque éste lo ha declarado o reconocido.
Considera Reale que Aristóteles, el más poderoso creador de todos los tiempos, lanza las bases de la política, la que hace derivar del mismo principio en que asienta su ética. La política aristotélica es un desdoblamiento lógico de su sistema ético, pues se basa, como vimos, en la idea de que el fin del Estado es la realización del bien, de la vida feliz y virtuosa, la cual sólo se alcanza cuando el hombre actúa como hombre, o sea, con plenitud de su capacidad operativa racional. Para Reale el Estado es el único ámbito donde se puede construir la patria y donde puede la sociedad proponerse la realización de los valores de solidaridad y de justicia.
Hay pues un doble sentido tanto de los fines como de los medios. Aquellos son optativos para el grupo que ejerce y controla el poder. Luego, carece de cualquier control la determinación o el acuerdo que al respecto se concrete. De igual modo, por consiguiente, no hay responsabilidad por la sustracción de otras posibilidades de opción cuando se ha perfeccionado el acto de preferencia de una cualquiera. Desde este momento, ese extremo teleológico, por cuyo logro responden quienes ejercen el gobierno, es el horizonte ético indefectible del rumbo y del sentido, de órdenes, consejos, acuerdos, resoluciones, decisiones, decretos, principios, valores, reglas, normas, etc., que hagan parte del ordenamiento jurídico estatal, el único jurídico “per se”, puesto que los otros se le incorporan en una relación de subordinación, descartándose la coexistencia válida de ordenamientos contradictorios que compartan los mismos ámbitos territorial y temporal. Esto quiere decir, desde esta perspectiva política, que el Ordenamiento Estatal tiene un título autárquico para interferir la existencia, contenido y eficacia de cualquiera otro que comparta con él dichos ámbitos de validez y que su norma fundamental, que no tiene sólo un carácter formal sino también uno material que se identifica con los aludidos fines, es válida por el hecho de ser eficaz el orden instituido.
Los medios tienen un carácter necesario respecto del fin para los gobernantes. De esta suerte, carecen de connotación ética. Cualquiera que sea el medio, es forzoso emplearlo si tiene idoneidad para obtener el fin. Sin embargo, constituyen deberes éticos ineludibles para los gobernados, deberes heterónomos cuya fuente se encuentra en la Legislación Estatal, la que a su turno tiene el sentido que se desentrañe teleológicamente, a la luz de aquellos fines adoptados por el grupo dominante.
De acuerdo con lo anterior, para los gobernantes se deriva responsabilidad por no alcanzar cualquiera de los fines propuestos en virtud del no empleo o mal empleo de los medios idóneos, y para los gobernados por desatender la conducta señalada como medio para el logro de dichos fines. La responsabilidad de aquellos tiene un carácter jurídico y político y la de éstos es de orden jurídico y moral.
Como se ve, el derecho es uno de los medios que tiene a disposición el gobernante para el logro de los fines. Como tal debe ser idóneo o eficaz. La eficacia del derecho como medio se garantiza, si legitima y justifica el poder y en esto radica la función central de lo jurídico y el sentido que como actora (pasiva) se le otorga a la sociedad civil. Se legitima el poder cuando el derecho, que es su instrumento, está de acuerdo con los valores fundamentales de la sociedad donde se aplica, y se justifica cuando es capaz de realizar los valores que incorporan y desarrollan sus preceptos. He aquí el problema que presenta el manejo político de este instrumento. De una parte, por lo general no coinciden los intereses del grupo dominante con los de los dominados. Y por otra, para que el Derecho sea eficaz y legitime el poder, debe estar de acuerdo con los valores de éstos, a pesar de que es necesario que realice los intereses de aquel grupo contenidos en los fines propuestos. Es aquí donde con claridad se evidencia el doble juego de la política y tiene pleno sentido el lenguaje metafórico; donde claramente se la percibe como “Jano” el de las dos caras; donde se requiere el “jogo de cintura”, –para el que los brasileños no tienen par–, que le da un carácter peculiar a las decisiones políticas.


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 (El presente ensayo fue elaborado para el Seminario sobre estudios políticos, realizado en el Programa de Doctorado en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, en Septiembre de 1999. Edición digital autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico. Febrero 2003)

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